
En la penumbra, donde el crepúsculo se desdibuja,
y la luz se pliega a la sombra en un abrazo furtivo,
se tejen los hilos de un deseo silente y ardiente,
donde el misterio se convierte en elocuencia.
Nuestros cuerpos, desprovistos de la luz del día,
se deslizan en el velo sutil del anochecer,
y en cada roce, cada caricia velada,
el deseo se desborda como un río sin cauce.
Tus labios, que en la noche son estrellas fugaces,
dibujan en mi piel constelaciones de fuego y promesas,
y en el susurro de tu aliento, se revelan secretos
que el día jamás ha osado mostrar.
Las sombras, cómplices de nuestro anhelo,
se abrazan en un juego de luces y obscuridades,
y en el vaivén de nuestras respiraciones entrelazadas,
el éxtasis se convierte en un lenguaje sin palabras.
Cada toque es una revelación, cada mirada un pacto,
y en la danza de la penumbra, nos fundimos en uno,
donde el deseo es un mantra, un himno a lo prohibido,
y el placer se torna en nuestra única guía.
En la obscuridad, donde el tiempo se disuelve,
nos entregamos al rito sagrado del deseo compartido,
y en el clímax de nuestra unión, el mundo se desmorona,
dejando solo el eco de nuestro fervor en la noche eterna.
